SUSURROS
Por Alejandro Cabranes Rubio
Frank Kafka al escribir La metamorfosis reservó a su protagonista (Gregorio) el peor de los amaneceres posibles, convirtiéndolo en una cucaracha; en la expresión del horror en una sociedad que caminaba hacia la consolidación del fascismo. Si al final de la Gran Guerra determinadas sociedad dejaban de sufrir el yugo de los imperios –dando paso a la libre determinación de los pueblos- la falta de desconfianza en la razón propiciaba un terrible despertar en la conciencia europea, en el frenesí de la globalización también resulta difícil conciliar el sueño.
Susurros no pretende erigirse en heredera de la prosa kafkiana, ni mucho menos: es más su planteamiento podría ser entendido como la antitesis del escritor checo. Su protagonista, el señor Valenzuela no pertenece a la clase trabajadora y nada en abundancia en su mansión de lujo. En su mundo habitan los coches opulentos, los maletines negros, palos de golf, hermanos que reclaman su parte del botín. El hastío, el vacío vital de la era windows, la soledad, la rutina caen con todo su peso sobre sus espaldas. Sufre la maldición de quien tiene todo y en realidad no posee nada. Susurros habla sobre la verdadera cara de una sociedad del bien estar, deformada por la monotonía y la falta de incentivos morales.
En el mundo de Valenzuela a diario salen a su encuentro incompetentes, trepas que preparan su escalada, grises figuras cuya mediocridad le desespera, impidiéndole disfrutar de su merecido descanso. Ha conseguido la casa de sus sueños, rodeado de lujo, pero no todos sus sueños, que lo liberen de la fauna urbana, su pesadilla. Y está dispuesto a combatirlo. Susurros aboga por la necesidad de materializar los anhelos como única garantía de que un buen día va a empezar.
De ahí la importancia de escuchar una voz hermosa, que proceda de un ser humano angelical, y que haga más dulce la transición del mundo de los sueños al de los horrores cotidianos. Susurros defiende la idea de que en mitad de la oscuridad el sol todavía brilla, iluminándonos, resplandeciéndonos con sus rayos. Su compañía nos libra de la muerte en vida. Ella, como diría Sabina, “es el viento que nos saca del aburrimiento”, abrigándonos al filo de la madrugada. Es la esperanza de “un mundo feliz”. La razón por la que nunca nos despertaremos transformados en una cucaracha.
Frank Kafka al escribir La metamorfosis reservó a su protagonista (Gregorio) el peor de los amaneceres posibles, convirtiéndolo en una cucaracha; en la expresión del horror en una sociedad que caminaba hacia la consolidación del fascismo. Si al final de la Gran Guerra determinadas sociedad dejaban de sufrir el yugo de los imperios –dando paso a la libre determinación de los pueblos- la falta de desconfianza en la razón propiciaba un terrible despertar en la conciencia europea, en el frenesí de la globalización también resulta difícil conciliar el sueño.
Susurros no pretende erigirse en heredera de la prosa kafkiana, ni mucho menos: es más su planteamiento podría ser entendido como la antitesis del escritor checo. Su protagonista, el señor Valenzuela no pertenece a la clase trabajadora y nada en abundancia en su mansión de lujo. En su mundo habitan los coches opulentos, los maletines negros, palos de golf, hermanos que reclaman su parte del botín. El hastío, el vacío vital de la era windows, la soledad, la rutina caen con todo su peso sobre sus espaldas. Sufre la maldición de quien tiene todo y en realidad no posee nada. Susurros habla sobre la verdadera cara de una sociedad del bien estar, deformada por la monotonía y la falta de incentivos morales.
En el mundo de Valenzuela a diario salen a su encuentro incompetentes, trepas que preparan su escalada, grises figuras cuya mediocridad le desespera, impidiéndole disfrutar de su merecido descanso. Ha conseguido la casa de sus sueños, rodeado de lujo, pero no todos sus sueños, que lo liberen de la fauna urbana, su pesadilla. Y está dispuesto a combatirlo. Susurros aboga por la necesidad de materializar los anhelos como única garantía de que un buen día va a empezar.
De ahí la importancia de escuchar una voz hermosa, que proceda de un ser humano angelical, y que haga más dulce la transición del mundo de los sueños al de los horrores cotidianos. Susurros defiende la idea de que en mitad de la oscuridad el sol todavía brilla, iluminándonos, resplandeciéndonos con sus rayos. Su compañía nos libra de la muerte en vida. Ella, como diría Sabina, “es el viento que nos saca del aburrimiento”, abrigándonos al filo de la madrugada. Es la esperanza de “un mundo feliz”. La razón por la que nunca nos despertaremos transformados en una cucaracha.
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